“La verdadera gloria es caer de rodillas y luego volver. Esa es la verdadera gloria. Esa es la esencia de todo esto”. – Vince Lombardi
Muchas de las lecciones de la vida se pueden aprender jugando al fútbol. La liga de fútbol juvenil de mi hijo, por ejemplo, aplica reglas para crear partidos más “competitivos”. Cuando un equipo va perdiendo por más de cuatro touchdowns, automáticamente comienza todas sus posesiones ofensivas desde la línea de 40 yardas del oponente. Para facilitar las cosas, el reloj también corre continuamente para acortar el juego. Finalmente, si un equipo gana por más de 43 puntos, su entrenador principal es suspendido por un partido.
Los partidarios de estas reglas podrían argumentar que enseñan deportividad. Sin embargo, esa deportividad es involuntaria, pues se hace obligatoria por directiva. Knute Rockne, el legendario entrenador de Notre Dame, dijo una vez: “Un hombre que practica la deportividad es mejor que cien hombres que la enseñan”. Los jugadores solo aprenden deportividad y compasión cuando eligen practicar la indulgencia contra un oponente derrotado.
Otros podrían argumentar que estas reglas preservan la confianza de los jugadores. Sin embargo, es difícil comprender cómo el cambio de reglas refuerza la confianza en uno mismo. La confianza es el producto del éxito, no del igualitarismo obligatorio. Si un jugador no quiere perder por 43 puntos, simplemente debe jugar más duro. A veces se puede ganar una gran confianza en la derrota, ofreciendo el mejor rendimiento ante un fracaso seguro.
No todo lo que aprendemos en la vida proviene siempre del fútbol. Las referencias a la victoria y a la derrota aparecen a menudo en las Escrituras. Dios podría asegurar grandes triunfos para su pueblo sin su participación, pero permite su ayuda para fortalecer su fe. David derrota a Goliat (1 Samuel 17:49), los israelitas capturan Canaán (Josué, capítulos 10 y 11) y los judíos reconstruyen los muros de Jerusalén (Nehemías 6:15). Dios también permite la derrota total: los exilios asirios y babilónicos, y la derrota israelita en Hai (Josué 7:4). Dios permite tanto el éxito total como el fracaso absoluto para que maduremos y nos agudicemos: nos permite elegir entre seguirlo fielmente o dedicarnos a otra cosa.
La victoria y la derrota son elementos esenciales de la libertad, y debemos tener cuidado de permitir que nuestros hijos (¡y nuestros adultos!) las experimenten. En lugar de practicar el espíritu deportivo, los jóvenes jugadores de fútbol están aprendiendo a no acabar con un enemigo derrotado, o, si lo intentan, el “sistema” les impedirá hacerlo. Están aprendiendo que cuando uno no es competitivo puede contar con que lo “rescaten”. Aprenden que uno no necesita adaptarse ni esforzarse más, simplemente esperar a que lo rescaten. La próxima generación de progresistas se está formando en nuestros hogares, en nuestras aulas y en nuestros campos de fútbol.
¿La próxima generación de niños se irá de casa de sus padres o buscará la independencia? ¿Asumirá que una vez que los contraten nunca los podrán despedir, o buscará la excelencia? ¿Están aprendiendo respeto y juego limpio o tolerarán que alguien más diseñe su integridad en su nombre? “Libertario” es más que una preferencia política o una estrategia económica. Es una perspectiva y un estilo de vida que moldea nuestras creencias y orienta nuestras acciones. No podemos ser libres hasta que nos permitamos a nosotros mismos y a los demás sobresalir y fracasar; experimentar la libertad significa arriesgarse al fracaso y esforzarse en las dificultades; estas condiciones por sí solas crean la alegría del éxito ganado y luchado de manera justa.
Muchas de las lecciones de la vida se pueden aprender jugando al fútbol. Puede que esta afirmación no sea tan positiva como antes. Espero que el equipo de mi hijo gane (¿o incluso pierda?) la semana que viene por más de 43 puntos, pero sé que no se permitirá que eso suceda.


